No hay duda de que en los oficialistas se desataron múltiples miedos. No sólo a la justicia penal que, en su momento, sabrá actuar contra decisiones que han mancillado la dignidad del venezolano. Sobre todo, a la Justicia Divina. Cuando la palabra alcanzó el eco ante el mundo de la inteligencia humana, debieron desaparecer las estupideces de las que se valen los politiqueros para revolver situaciones y convertirlas en charcas del más inmundo caño.

Antonio José Monagas*

No siempre las realidades pueden interpretarse según sus apariencias. Aunque es sabido que las apariencias engañan, no todas son lo que su exterioridad permite inferir a primera vista. Al menos, hasta tanto un nombre o una palabra le endilgue el sentido que merecen o representan. Es decir, la existencia de todo cuanto gira alrededor del ser humano en aras de su crecimiento, desarrollo, madurez y ocaso, adquiere razón, contenido, explicación y justificación toda vez que su existencia se corresponde con un nombre o una palabra que dignifique su esencia y trascendencia. Su prestigio y fuerza es, precisamente, función de todo ello. O sea que nada escapa de la palabra, pues su significación es expresión de la denominación que califica todo aquello que exalta la vida del hombre en lo político, social y económico. Pero también, en lo cultural, emocional y espiritual.

El ejercicio de la política, se presta mucho para desvirtuar el significado de las ideas. Y por tanto, de las palabras. Justamente, es lo que alimenta al populismo debido a que su praxis se apoya en discursos para los cuales los compromisos, en tanto palabras sueltas y aventuradas, apenas alcanzan a verse y sentirse como tétricos aspirantes a una dignidad que sólo una concepción clara y precisa es capaz de situarla en el firme camino hacia el logro esperado. De ahí que el populista se aprovecha de su perspicacia, para convertir la palabra en cualidad política y así jugar a la mediocridad con quienes, por cándidos, desinformados o ignorantes, se atraviesan en su raudo tránsito. Tránsito o ruta ésta, en donde hace de exterminador de esperanzas y usurpador de sueños.

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La iracunda bulla de parlamentarios del oficialismo en las sesiones de la Asamblea Nacional, convocadas con propósitos institucionales, dada su condición de poder público con la autonomía que la Constitución le endosa en tanto que es uno de los principios que caracterizan al Estado de Derecho, es reveladora de problemas asociados a estas razones. Problemas que además dan cuenta del escabroso miedo que estos padecen al verse en la antesala de sus últimos escarceos en el poder.

Desde luego, ese temor o pavor que los tiene y mantiene aturdidos y casi impedidos de concatenar ideas que les permita estructurar una defensa políticamente hilvanada de los proyectos que, aunque torcidos, propugnaron en su momento, desenfocó por entero su visual de las realidades. Ahora, pretenden hacer parlamentarismo a gritos, al peor estilo chicharronero, de modo chabacano, a desdén de elementales normas de convivencia ciudadana y avenencia político-legislativa, al margen de valores que exalten respeto, tolerancia y educación moral y cívica, entre otros males no menos cuestionados que dejan pésimamente parado al país ante el resto del mundo.

El presidencialismo que hasta la propia Constitución exalta, acostumbró a los representantes del partido de gobierno a actuar con la alevosía y premeditación propia de cualquier pandillero cuando, por sentirse guapo y apoyado, amenaza a cualquiera valiéndose del carácter grosero, bravucón y soberbio que los caracteriza.

Las discusiones del Referendo Revocatorio, causa ésta presentada por la bancada parlamentaria de la Unidad Democrática, han sido ocasiones para que los diputados del oficialismo den cuenta del talante marginal que es propio de quienes se valen del poder gubernamental para trastocar leyes. Más aún, la Constitución Nacional. Por todo lo que sus actitudes reflejan, pareciera que estos diputados, tanto como el resto de funcionarios en todo el país, se rigen por una normativa que desmerece de los principios y valores sobre los cuales se fundamenta el civismo, la convivencia ciudadana, la moralidad y la ética pública. De hecho, la malcriadez que demuestran cuando se consiguen con realidades que no se alinean con su altanería y petulancia, los enceguece y ensordece de cara a las verdades, necesidades y reclamos que la población o el país en general les hace.

El miedo que estos personajes viven al sentir que su final se acerca, los ha idiotizado tanto que reaccionan fuera del ámbito de racionalidad y de inteligencia, así como en contraposición con sentimientos y esperanzas de democracia y de libertades. O como dijera el presidente del Parlamento, Henry Ramos Allup, “(…) no podrán seguir sosteniéndose de espaldas a la realidad nacional ni que nos metan presos, ni que nos amenacen con fusiles, ni que nos atropellen (…)”. Quizás en ellos se desataron otros miedos. No sólo a la justicia penal que, en su momento, sabrá actuar contra decisiones que han mancillado la dignidad del venezolano, sino también, a la Justicia Divina.

También a la palabra libre, por cuyo miedo, se han dedicado a gritar sandeces y estupideces sin posibilidad de articular razones por las cuales podrían haberse valido para alejarse de las debilidades que los oprime y los tiene asfixiados políticamente. Creían que insultando al adversario, justificaban su arremetida de torpeza e indecencia. Lejos de tal presunción, cada insulto que profieren se devuelve en su contra. Esta conducta hace que el país y el mundo entero adviertan que su revolución es simplemente el centro de gravedad del resentimiento que acompaña cada una de las ejecutorias asumidas durante el tiempo que va de siglo XXI. Tanto ha sido esto, que el sonido que emana de la palabra “diálogo” o “reconciliación”, y que entraña conceptos tan sublimes como vida, justicia, libertad y democracia, fueron para sus oídos expresiones incomprendidas dadas su magnitud semántica en el contexto de la  dialéctica democrática. O acaso para ellos son ¿palabras que infunden terror?

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LIDERAZGO: ¡MÁS QUE APRENDIZAJE!

 Sobre liderazgo, se ha escrito harto. Más en estos tiempos de turbulencia social y política. La onda de libros de autoayuda que han colmado vitrinas, anaqueles y exhibidores de tiendas editoriales, han tratado de desplazar lo que el liderazgo representa en términos de lo que la epistemología de la gerencia destaca en cuanto a las emociones que el ejercicio del liderazgo incita y descubre.

Desde esta perspectiva, puede decirse que el liderazgo no se ejerce como resultado de procesos de formación que teoricen hipótesis elaboradas con base en especificidades que puedan devenir de ambientes tranzados por contingencias o conflictos. Deberá pues reconocerse que el liderazgo no necesariamente se demuestra ante la premura, la ocasión o cuando las coyunturas requieran de la motivación, del ordenamiento y de la toma y elaboración del proceso de toma de decisiones para lidiar un problema específico.

El liderazgo es más que una mera actitud que puede confundirse con la prepotencia o envalentonamiento de quien presume de conductor de cualquier situación dominada por un problema en cuestión.

El liderazgo dimana de condiciones críticas o reprochables, que obligan a cualquier persona a disponer no sólo de su fuerza emocional, sino también de su ingenio y creatividad, a dar con la respuesta necesaria capaz de solventar la inconveniencia, indistintamente de su razón de ser. Razón ésta que tiende a desfigurar una situación alineada con valores de respeto, consideración y tolerancia. No es una labor que compromete trabajos colaborativos. Mucho menos, apoyos condicionados. O inclusive, interesados o forzados. Más, cuando las crisis han mellado posibilidades de sobrevivencia política, económica o social. Frente a tan congestionadas realidades, deberá admitirse que liderar no es un asunto de momento. Por el contrario, es el proceso de depurar las virtudes propias que posee todo ser humano en un plano de inminentes necesidades. Por supuesto, apoyado en la sensibilidad y develo que todo llamado exige. En conclusión, puede entonces afirmarse que el liderazgo es más que aprendizaje.

* Politólogo – antoniomonagas@gmail.com

 

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Historias, costumbres y tradiciones del Municipio Alberto Adriani.

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Nativo de Rubio, Félix Vega llegó como confinado político a la aldea de El Vigía en el año 1953, para permanecer en ella hasta su muerte. Durante 61 años que habito en El Vigía, fue un hombre promotor de iniciativas de desarrollo para el municipio. Tiene en su haber, el conformar dos de las Comisiones de mayor importancia del siglo XX en el municipio: la de Pro-Elevación a Municipio en 1954 y la de Pro-Elevación a Distrito (1965)

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