El régimen venezolano ha pretendido, por vía de la fuerza, sintetizar la complejidad de gobernar encargándole a los militares soluciones paliativas pretendiendo remediar las carencias y necesidades que requieran las correspondientes realidades. Gobernar no es asunto fácil. Menos, en el contexto de la democracia. Aunque lo peor sucede cuando la arbitrariedad se convierte en la razón de un gobierno que pretende imponer sus ideas a fuerza de golpe.

Antonio José Monagas*

Desde que el hombre hizo su debut social, político y económico, demostró temor a los cambios que intentaran reacomodos a sus espacios vitales. Tan propio de quien enfrenta algún desafío o tiene alguna duda de lo que las nuevas realidades pueden proveerle, reacciona sin mayor control ante el dominio o sumisión de la incertidumbre. Tan defensiva actitud, está relacionada con situaciones que dejan ver comportamientos advenedizos o escurridizos ante estadios que tienden a lucir potencialmente interesantes. En consecuencia, la actuación del hombre, aparte de evidenciar miedo ante lo desconocido, dada su condición de mecanismo natural de defensa, pone al descubierto la suficiente animadversión o apego, según sea el caso, de aferrarse o replegarse del objetivo o realidad pretendida.

Políticamente, dicha explicación tiene otra lectura pues en este ámbito los intereses y necesidades a partir de los cuales se moviliza una colectividad, no necesariamente siguen los mismos patrones por los cuales se regula el hombre como individuo. De ahí, la noción de diversidad y de pluralidad o pluralismo, consideraciones éstas motivadas y fundamentadas en la tolerancia, el respeto y la solidaridad. Y por consiguiente las libertades, dado que en su esencia se deparan las más excelsas virtudes que fungen de escenario al ejercicio de la democracia.

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Ahora bien, ese mismo miedo que muchas veces hace torpe la praxis política, deviene en decisiones que tomadas desde encumbrados niveles de poder político, terminan contraponiéndose al supuesto espíritu de amplitud que las inspiró y que avaló el correspondiente proceso de elaboración o formulación de dichas decisiones. Es entonces cuando un gobierno, indistintamente de la ideología política que anuda su gestión, tiende a arrimarse a factores de poder con el propósito de asegurarse estabilidad política y administrativa. Pero también, de plácida bonanza por lo cual busca también consolidar su fuerza política mediante un incesante proselitismo, el manejo discrecional de recursos financieros con miras a la satisfacción de proyectos propios, y la manipulación de atribuciones legales que permitan posicionarse a su entero antojo.

Justamente, es el caos que subsume a Venezuela cuyo gobierno intenta simplificar el proceso que, en términos de la exposición de motivos que expone la Constitución Nacional, plantea “refundar la República para establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica (…) un Estado de justicia (…) que consolide los valores de la libertad, la paz, el bien común, la convivencia y el imperio de la ley para esta y las futuras generaciones”. Sin duda, extraordinaria y maravillosa idea. Pero de ahí a realizarla, el recorrido es inmenso. O como dice el aforismo popular, “del dicho al hecho, hay un buen trecho”. Sin embargo, el problema tiene una explicación que toca la política y lo político.

Tal como refiere el inicio de esta disertación: el miedo es obviamente intimidante. Hizo que el hombre, históricamente, no supiera enfrentar la incertidumbre a la que, por tanto tiempo, se ha sometido. No sólo por la ausencia de modos para predecir hechos de mediata e inmediata concreción, como por la carencia de instrumentos de planificación para imponerse a la complejidad de la política y la economía. De esa forma, habría conquistado mayores espacios políticos que, por estas dificultades, fueron vedándoseles por tan marcada y primitiva emoción. De ahí que para superar tal estado o situación, ha pretendido, por vía de la fuerza, sintetizar la complejidad de los procesos de gobierno encargándole a los militares soluciones paliativas para así remediar las carencias y necesidades que requieran las correspondientes realidades.

Sin embargo tan errada determinación, no ha dado los resultados esperados por la democracia. Más allá de las posibilidades de emprender procedimientos vinculados con la administración de gobierno, el enfoque militar ha tendido a enrarecer las realidades al revolver variables políticas, económicas y sociales con axiomas cuya verticalidad imposibilita la comprensión de actitudes que necesitan desenvolverse en ambientes contestes con las libertades bajo las cuales adquiere sentido el civismo.

En la concepción militar de las realidades, no caben consideraciones que son innatas del mundo civil. La uniformidad del pensamiento militar, su disciplina despótica, choca con las holguras que hacen de la sociedad civil su mejor característica. Por eso, el militarismo es visto como modelo de control institucional por gobernantes que, ante el temor motivado por la debilidad del proyecto político-ideológico que encarna, y luego de haber perdido todo sentimiento de dignidad humana, prefieren coaccionar a la nación bajo dicho sesgo. Sobre todo, gobernantes de ortodoxa tendencia para quienes el modo de colectivización según el cual intentan forjar una gestión de gobierno, le resulta conveniente. Y además factible, vincularla a objetivos políticos sin fundamentos ni viabilidad alguna.

Por eso la noción de “guerra”, en cualquiera de sus acepciones, es considerada como recurso de gobierno a partir del cual estos gobernantes justifican la resistencia violenta y armada ante problemas vistos desde su óptica cerrada como amenazas a la estabilidad política. Para Librado Rivera, político y periodista mexicano, la utilidad de tan aciagos criterios, “es mantener en el poder a todas las tiranías”. De manera que en términos de lo que significa gobernar en virtud del respeto a la pluralidad cultural y a los presupuestos del individualismo democrático, es indudable el hecho de considerar el militarismo un claro ejercicio de insolente arbitrariedad.

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Un modelo que desfiguró al país

La construcción del modelo republicano democrático venezolano, murió neonato. Así lo afirman historiadores que han revisado al detalle la intencionalidad política que devino en asonadas y confrontaciones durante el siglo XIX. Sin embargo, según opinión de estudiosos economistas y acuciosos politólogos, la realidad del país no permitió que cuajaran proyectos de afirmación democrática consustanciados con una economía de espíritu liberal. Lejos de estas posibilidades, con el discurrir del siglo XX, y particularmente con el devenir del siglo XXI, Venezuela vino fracturándose en términos de su concepción de Estado-Nación. A ello no sólo contribuyó la exagerada dimensión que adquirió el Estado venezolano lo que animó la articulación entre la economía rentista y el protagonismo del ingreso petrolero. Así fue apropiándose del terreno político y social que devino en ambigüedad y vaguedad de gobiernos miopes frente a las exigencias del desarrollo que movilizaba al mundo.

Cada vez los gobiernos, indistintamente de su fuente de inspiración ideológica, no comprendían el tamaño de los compromisos anunciados como parte de la oferta electoral. Las realidades entonces comenzaron a desbordar las capacidades nacionales, al extremo que se descarrilaron y quedaron sujetas a improvisaciones cuya fuerza superó las pretensiones de los planes de desarrollo. La sociedad venezolana se resintió ante tanta ineptitud frente a las requisiciones que demandaba el hecho de gobernar un país con tanta posibilidad de desarrollo. Pero profundamente enredado. La confusión que minaba su esencia, ya había contaminado sus estructuras. Estas condiciones, sin duda alguna, irrumpieron como factores de descontrol del ejercicio ciudadano, del valor del trabajo, del sentido de honestidad, solidaridad y de abrigo que en otrora prevalecieron. Aunque entre golpes y traspiés. Los valores morales habían comenzado a desmoronarse.

La educación llegó tarde. No valieron las ideas de Simón Rodríguez, Ángel Rosenblat, Prieto Figueroa. Tampoco la de otros insignes educadores que orientaron la formación de maestros en escuelas normales, pedagógicos y universidades. La sociedad venezolana se desaforó a consecuencia del proselitismo que fue la norma que, equivocadamente, forjó la labor gubernamental. Esto permitió que el comportamiento del venezolano se viera desvirtuado a consecuencia del desmoronamiento del sistema de valores que el civilismo había procurado arraigar. Sólo que ahora, la dinámica social había logrado que la velocidad de destrucción de los valores establecidos en la consciencia nacional, superaba la velocidad de reconstrucción del aludido sistema. La actualidad ha venido viéndose hostigada por una pobreza espiritual que ha dado paso a la frivolidad y a la inconstancia.

En medio de esta situación, ha comenzado a olvidarse el país que permitió el  crecimiento de su población. El país que en otrora representó para el desarrollo político, social y económico latinoamericano. En lo que va de siglo XXI, incluso desde las postrimerías del siglo XX, no ha habido la debida preocupación gubernamental por hacer que las presentes generaciones recuperen el sentido histórico y de moralidad que exhibió el país. Razón ésta que insuflaba el orgullo de ser venezolano. Así fue oscureciéndose la capacidad de innovación, creatividad y de producción que caracterizaba al venezolano.

El gobierno, con su cuento de revolución socialista, hizo que la subsistencia del venezolano dependiera de las dádivas ofrecidas. Todo, a expensa de promesas que el modelo de economía petrolera compensaría, cosa que no sólo no se dio. Tampoco los mecanismos de conciliación prometidos, sirvieron. El gobierno los aprovechó para dividir al país con base en resentimientos que, con el tiempo, sirvieron para ahondar la crisis de Estado. Crisis ésta que se tragó las finanzas públicas y desarregló la sociedad hasta llevarla a niveles de apesadumbrada resignación donde la figura del malandro, del pran o del corrupto, pareciera simbolizar la ascendencia social y económica que muchos venezolanos tristemente aspiran. Y todo, por causa de un modelo que desfiguró al país.

* Politólogo – antoniomonagas@gmail.com

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Historias, costumbres y tradiciones del Municipio Alberto Adriani.

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Nativo de Rubio, Félix Vega llegó como confinado político a la aldea de El Vigía en el año 1953, para permanecer en ella hasta su muerte. Durante 61 años que habito en El Vigía, fue un hombre promotor de iniciativas de desarrollo para el municipio. Tiene en su haber, el conformar dos de las Comisiones de mayor importancia del siglo XX en el municipio: la de Pro-Elevación a Municipio en 1954 y la de Pro-Elevación a Distrito (1965)

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